viernes, 16 de abril de 2010

Sensaciones literarias #1




Los muertos, de Jorge Carrión

Me leí la novela de un tirón. La empecé en el tren, continué en el avión y la acabé en el sofá de casa de mis padres nueve horas después. La lectura ha sido apasionante. Los muertos se plantea como una serie de ficción televisiva dividida en dos temporadas de diez capítulos cada una por la cadena Fox Television Studio entre 2010 y 2011 (una serie en la línea de producción de Lost, Dexter, Heroes, Los Soprano o The wire por ejemplo). Sin entrar en el fondo del tema ni de la trama, diré que Los muertos se presenta como una serie construída directa y explícitamente con pedazos de otras series y películas y con sus personajes, que el lector irá reconociendo, sin duda, a medida que se desarrolla la acción (temas, tramas y personajes provenientes no sólo de la ficción audiovisual contemporánea, sino de cualquier tipo de ficción y de todos los tiempos). Lo extraordinario del libro es cómo el autor engarza todas esas tramas, temas y personajes que ya conocemos para construir algo nuevo y de un significado potentísimo. Porque la novela no es un simple juego meta-ficcional. De lo que trata la novela es de otra cosa, como se encargan de evidenciar sendos ensayos sobre Los muertos escritos por afamados autores que se presentan en el libro al final de cada una de las dos temporadas. De lo que trata la novela es de algo mucho más urgente y mortífero que la simple reflexión sobre cómo se construye una ficción. Como lector, la acción de leer Los muertos es apasionante porque mientras uno lee tiene la impresión de estar viendo la serie, no de estar leyendo un libro, y por eso la novela nos sitúa con inteligencia y sabiduría narrativa en la posición de espectadores, más que en la de lectores, generando una extraña y nueva sensación de lectura. Los muertos me ha dejado mariposas en la cabeza y el estómago que siguen volando y haciéndome cosquillas incluso unos cuantos días después de haber completado su lectura.

Para una crítica seria, aquí.

domingo, 11 de abril de 2010

Conmoción en Varna

Recuerdo que el viernes pasado, a las 12.23, escribí un email (y mi sent box lo confirma). Lo que sucedió a continuación, puedo contarlo. Pero no lo recuerdo. Lo que ocurrió fue lo siguiente. Faltaba media hora para que Giulia me pasara a recoger y decidí hacer un poco de ejercicio casero: flexiones y abdominales. Supongo que seguí una de las rutinas establecidas en el fabuloso The truth about six pack abs de Michael D. Geary, como suelo hacer (con más empeño e ilusión que resultados). Uno de los ejercicios incluidos en las series que sigo con fervor es el famoso Hanging knee raises, consistente en colgarse de una barra y, arqueando la espalda (esto es muy importante), lanzar las rodillas hacia arriba hasta que éstas queden entre nuestros codos.

Así que me dispuse a hacer el ejercicio. La barra para desarrollar este tipo de prácticas que tenía en mi casa (el imperfecto anuncia muchas cosas, todas ellas malas) estaba a una altura de 2,50 metros (lo que me permitía colgarme de ella sin mucho esfuerzo, pero a la vez hacerlo completamente, tocando el suelo sólo con la punta de los pies). Pues eso. Me colgué, reuní fuerzas y lancé mis rodillas hacia arriba, llegando a adoptar la posición midpoint de la foto. En ese momento, mis manos se aferraban a la barra a 2,50 metros de altura (casi estoy tentado de escribir “de altitud”, pero no lo hago porque entonces estaría dramatizando), mis codos y rodillas se saludaban a unos 2,10 metros, justo por encima de mis abdominales contraídos, y mi cabeza y mi espalda se convexaban a una altura aproximada de 1,90 metros (el tipo de la foto cuelga de una barra bastante más baja que la mía). En ese momento, el enganche izquierdo de la barra de ejercicios se soltó caprichosamente de la viga que lo sustentaba, dándome la oportunidad de volar, cosa que yo, memo, no me atreví a hacer. Por eso caí a plomo. Según los doctores, lo primero que impactó contra el suelo fue mi hombro izquierdo, seguido de la zona occipital de mi cráneo y después de todo mi cuerpo. Pero bueno, a eso llegaremos luego. Quedé tendido en el suelo (¿inconsciente?). Después abrí los ojos y vi en qué posición estaba, pero fui incapaz de moverme. Con una calma alucinada, permanecí tirado en el suelo, respirando, esperando que mis miembros volviesen a conectarse a mi cerebro y yo los pudiese mover. En algún momento recuperé el control sobre ellos y me levanté. Miré a mi alrededor y no reconocí nada. Me toqué la nuca en busca de sangre sin encontrarla. Merodeé por el estudio y el salón empezando a recordar mi casa, pero dándome cuenta de que no conseguía recordar en absoluto lo que había estado haciendo aquella mañana. Una sobrecogedora sensación de extrañeza me invadió y ahí fui consciente de que me había pegado una hostia y que ésta era grave. Agarré el móvil y llamé al primer número de la agenda (aaAmore mio). Con voz calma y controlada le dije a Giulia que me había caído, que estaba bien, no había sangre, pero que necesitaba que me llevase al hospital. Conseguí expresarme en italiano, lo que me hizo sentir que tan grave no podía ser. Fui a la habitación y, como un automata, me quité la ropa deportiva y me vestí de calle, como si nada hubiera pasado. Mientras escogía la ropa del cajón, me di cuenta de que no tenía visión periférica, de que conseguía ver y enfocar sólo lo que estaba justo enfrente mío y que el resto era verde fosforito con pintitas de colores. Me senté en el sofá a esperar. No sé cuántos minutos pasaron. Oí que abrían la puerta y me lavanté, haciendo gala de un autocontrol rayano al estado de shock. Le sonreí a Giulia para tranquilizarla. Hice alguna broma sobre mis dotes atléticas y la seguí de camino al coche. Intuyo que me movía como un zombi. Llegamos al hospital. Para acceder a la sala de Urgencias hay que cruzar una de esas puertas que se abren y se cierran automáticamente y al pasar por ellas las puerta hicieron ademán de cerrarse, para de inmediato abrirse nuevamente. Pero este pequeño imprevisto fue suficiente. Yo me asusté, porque eso no lo tenía bajo control, y se me cortó la respiración un segundo. Giulia me sostuvo con sus brazos y me ayudó a calmarme, pero el mal ya estaba hecho. Por suerte vivimos en un pueblo no muy grande por lo que en la ventana de recepción de Urgencias nos atendieron enseguida. Le contamos a la chica lo que me había sucedido y ella, muy simpática, nos miraba con una tímida sonrisa mientras tecleaba mis datos en su ordenador. No estuve seguro de que hubiese entendido la gravedad del asunto (creo que desde fuera era imposible apreciar lo que pasaba detro de mí). Así que decidí tomar medidas más drásticas. La miré fíjamente a los ojos y clavándole una mirada desperada le dije con voz muy dulce: “Tengo mucho miedo”. Ahí creo que se dio cuenta de que algo se cocía en mi cabeza, dentro de ella, porque inmediatamente se puso a teclear a toda velocidad, a imprimir y grapar los formularios con mi nombre a toda leche y salió disparada hacia el interior del ala ambulatoria. Nosotros nos sentamos en la sala de espera, pero no tardaron más de un minuto en llamarme por los altavoces. En ese minuto, yo acabé de cargarme. Entré de la mano de Giulia en la zona ambulatoria y antes de haber llegado a ningún sitio el ataque de pánico empezó. Me apoyé contra una pared y me puse a llorar como un chiquillo sin conseguir respirar, paralizado. Uno de los enfermeros me ayudó a acercarme a una camilla y a tumbarme en ella mientras yo lloraba de pánico y sólo conseguía repetir: “Estoy muy confuso… Tengo mucho miedo… Estoy muy confuso”. Y lloraba sin control. Según diría Giulia más tarde, frágil e indefenso como un niño, lo cual, junto a mis casi dos metros de altura, producía un efecto desconcertante. Llegó el médico y me hizo varias pruebas. Giulia le hizo notar que yo tenía las manos y los pies helados y que no paraba de temblar (mala señal). El doctor me dijo que me harían un escáner para ver si había lesiones internas, me separaron de Giulia y me llevaron a la máquina. En el camino me di cuenta de que no sentía mis manos (mala señal) y empecé a abrirlas y cerrarlas compulsivamente, intentando agarrar alguna sensación. Yo seguía llorando, con hipo y la respiración entrecortada. En la sala del escáner me entraron unas fuertes náuseas y anuncié que necesitaba vomitar (mala señal), el enfermero me alcanzó una palangana, pero cuando me disponía a devolver, el impulso se bloqueó en mi garganta y no salió nada. Seguía inquieto, temblando y llorando. El doctor me anunció que si no me calmaba sería imposible ver si tenía lesiones internas. Así que le pedí un segundo y conseguí volver a respirar con normalidad. Me calmé el tiempo justo de completar las pruebas. Y luego volví a llorar y temblar. Saliendo del escáner me llevaron a un box. Allí se reunieron conmigo Giulia y su padre, al cual no reconocí y al que me dirigí hablando en castellano (mala señal). Estaba terriblemente confundido y agobiado. Giulia comenzó a acariciarme el pelo y eso me calmó. Llegó el doctor con las buenas noticias: ni trauma cránico ni hematoma interno. “Sólo” una fuerte conmoción cerebral. Tenía que quedarme veinticuatro horas en observación y si todo iba bien podría volver a casa. Me llevaron a la habitación. Giulia siguió acariciándome la cabeza y me quedé dormido. La siesta duró más de dos horas. Cuando me desperté, comí una sopa y unas natillas. No tuve náuseas. Buena señal. La cabeza estaba bien. Así que el cuerpo, que se había quedado agazapado, empezó a expresar su malestar: el hombro, el codo y la zona lumbar izquierda me dolían horrores. Pasó el doctor y me anunció que iba todo bien, que pasaría la noche en el hospital y por la mañana me harían radiografías del hombro, el codo y la espalda, pero que no parecía que hubiese nada roto. Dormí bastante mal, con la enfermera entrando a cada hora a mi habitación para controlar mis pupilas, mi frecuencia cardíaca y la presión. Por la mañana me hicieron las radiografías. Todo bien, nada roto. A las once y media de la mañana del sábado salí del hospital por mi propio pie, apoyado en los hombros de Giulia.

Han pasado cuarenta y ocho horas del accidente. La cabeza está bien, pero me canso en seguida si intento mantener la atención. Me duele el cuerpo en toda la zona afectada por el impacto y en general me siento como si me hubiesen dado una paliza, pero de muy buen humor. Según el doctor, dentro de todo tuve bastante suerte…

Ya he recordado lo que hice el viernes por la mañana (lo típico, mandar emails, escribir un poco, leer, ver el capítulo de una serie, pensar por enésima vez que tenía que empezar un blog…), pero lo que pasó desde que me caí hasta que me quedé dormido en el hospital sigue envuelto en una nube y se me aparece como imágenes sueltas que se presentan a fogonazos.

Creo que tengo una buena excusa para desconectar de todo y descansar unos días.