Mi buen amigo Pau Castejón me regaló Dos crímenes las pasadas Navidades, cuando él y Mai vinieron a pasar unos días a Varna. Él me había hablado de Ibargüengoitia con anterioridad y yo me había comprado y leído Las muertas el año pasado. Las muertas me gustó, aunque no puedo decir que me pareciese una gran novela. Sin embargo Dos crímenes me enganchó desde la primera página. La vertiginosidad de su acción y la pulcritud directa y socarrona de la escritura de Ibargüengoitia me fascinaron y, como siempre, los mexicanismos me hacían estrujarme la imaginación para intentar construir en mi mente un mundo imposible de imaginar si no se tienen los referentes (el jorongo de Santa Marta, la huizachera, el candil de prismas, el agua zafia…). Cuando mi amigo Pau me ragaló el libro, me dijo que me estaba regalando su ejemplar, comprado en una librería de viejo del DF, porque en Barcelona no había encontrado ninguna edición. Yo le agradecí el gesto llevándolos, a él y a Mai, a esquiar, a comer salchichas y a la sauna. Giulia no vino porque, siendo la única alpina de pura cepa que completaba el cuarteto de aquel encuentro, no le gusta esquiar, ni las salchichas ni la sauna. Pero me estoy desviando. Lo que quería contar es que ayer estaba en la séptima sesión de rehabilitación para recuperarme de las molestias que tengo en mi hombro izquierdo desde el porrazo que me di hace unas semanas (y del que ya di cuenta en el primer post de este blog…). El fisoterapeuta me había aplicado unos electrodos en el hombro y me había dejado solo un rato mientras las descargas eléctricas convulsionaban espasmódicamente mi precaria musculatura con la esperanza de aliviar el dolor y mejorar la recuperación de los ligamentos. Así, tumbado panza arriba en la camilla y con el torso desnudo, saqué el libro del bolsillo de mi chaqueta y me puse a leer con la novela por encima de mi pecho. Estaba leyendo justo en ese momento los anhelos de Marcos por escaparse con la Chamuca a la Playa de la Media Luna cuando sentí un cosquilleo en el pecho. Al principio no entendí qué era, pero cuando el cosquilleo persistió levanté mi cabeza, miré en dirección al cosquilleo y descubrí alucinado que, del libro, estaba cayendo arena de playa. Sacudí ligeramente el libro para prolongar la sensación. Entonces, lo primero que hice fue sonreír. Lo segundo fue pensar, muy lúcido pero poco lucido (perdón, no lo he podido resistir), que seguramente Pau habría leído el libro en alguna playa y que un poco de arena se había colado entre sus páginas y ahora, en aquella posición poco ortodoxa, la arena resbalaba y me hacía cosquillas. Luego recordé que el libro había sido comprado en una librería de viejo del DF y fabulé que tal vez un propietario anterior del libro lo habría leído en alguna playa pacífica y a través de Pau la arena de esa playa mexicana habría llegado hasta mí. Pero al final decidí que no, que nada de todo eso. Al final pensé que Ibargüengoitia era un genio y que había conseguido colar en su relato, con su escritura, algunos granos de arena de la Playa de la Media Luna para mí.miércoles, 26 de mayo de 2010
Sensaciones literarias #3
Mi buen amigo Pau Castejón me regaló Dos crímenes las pasadas Navidades, cuando él y Mai vinieron a pasar unos días a Varna. Él me había hablado de Ibargüengoitia con anterioridad y yo me había comprado y leído Las muertas el año pasado. Las muertas me gustó, aunque no puedo decir que me pareciese una gran novela. Sin embargo Dos crímenes me enganchó desde la primera página. La vertiginosidad de su acción y la pulcritud directa y socarrona de la escritura de Ibargüengoitia me fascinaron y, como siempre, los mexicanismos me hacían estrujarme la imaginación para intentar construir en mi mente un mundo imposible de imaginar si no se tienen los referentes (el jorongo de Santa Marta, la huizachera, el candil de prismas, el agua zafia…). Cuando mi amigo Pau me ragaló el libro, me dijo que me estaba regalando su ejemplar, comprado en una librería de viejo del DF, porque en Barcelona no había encontrado ninguna edición. Yo le agradecí el gesto llevándolos, a él y a Mai, a esquiar, a comer salchichas y a la sauna. Giulia no vino porque, siendo la única alpina de pura cepa que completaba el cuarteto de aquel encuentro, no le gusta esquiar, ni las salchichas ni la sauna. Pero me estoy desviando. Lo que quería contar es que ayer estaba en la séptima sesión de rehabilitación para recuperarme de las molestias que tengo en mi hombro izquierdo desde el porrazo que me di hace unas semanas (y del que ya di cuenta en el primer post de este blog…). El fisoterapeuta me había aplicado unos electrodos en el hombro y me había dejado solo un rato mientras las descargas eléctricas convulsionaban espasmódicamente mi precaria musculatura con la esperanza de aliviar el dolor y mejorar la recuperación de los ligamentos. Así, tumbado panza arriba en la camilla y con el torso desnudo, saqué el libro del bolsillo de mi chaqueta y me puse a leer con la novela por encima de mi pecho. Estaba leyendo justo en ese momento los anhelos de Marcos por escaparse con la Chamuca a la Playa de la Media Luna cuando sentí un cosquilleo en el pecho. Al principio no entendí qué era, pero cuando el cosquilleo persistió levanté mi cabeza, miré en dirección al cosquilleo y descubrí alucinado que, del libro, estaba cayendo arena de playa. Sacudí ligeramente el libro para prolongar la sensación. Entonces, lo primero que hice fue sonreír. Lo segundo fue pensar, muy lúcido pero poco lucido (perdón, no lo he podido resistir), que seguramente Pau habría leído el libro en alguna playa y que un poco de arena se había colado entre sus páginas y ahora, en aquella posición poco ortodoxa, la arena resbalaba y me hacía cosquillas. Luego recordé que el libro había sido comprado en una librería de viejo del DF y fabulé que tal vez un propietario anterior del libro lo habría leído en alguna playa pacífica y a través de Pau la arena de esa playa mexicana habría llegado hasta mí. Pero al final decidí que no, que nada de todo eso. Al final pensé que Ibargüengoitia era un genio y que había conseguido colar en su relato, con su escritura, algunos granos de arena de la Playa de la Media Luna para mí.Artefacte als Radicals Lliures
El 28 (20:30) i el 29 (22:30) de maig a l'Espai Lliure.
Artefacte
El paisatge no existeix allà fora. Allà fora, el que hi ha és Natura. És només la nostra presència el que transforma la Natura en paisatge, és només el nostre ull aquell que construeix el paisatge. Per tant, si nosaltres no estem, llavors no hi haurà paisatge, només hi haurà Natura. Així, un dia, cadàvers de signes solcaran el món que ja no serà món, els cérvols passejaran per les frondoses avingudes i en les clavegueres rebentades habitaran els llops. I els nostres signes no ho seran més. Però mentrestant, què tenim? Tenim un home cabrejat perquè té fred o sua. Tenim un entorn indiferent que segueix el seu curs impassible. Tenim un home superb que no pot suportar que el que li envolta no estigui aquí per i per a ell. Tenim por i tenim ràbia.
Artefacte planteja una reflexió sobre l'essència dramàtica de la relació entre la creació cultural - efímera, caduca, fràgil- i l'acció de la natura -infinita, perenne, omnipresent- ; entre el caràcter vulnerable i fútil de la condició humana i la ubiqüitat de la naturalesa entesa com un tot.
La dramatúrgia d'Artefacte s'articula a partir d'una successió d'accions basades en la manipulació d'objectes i elements escenogràfics. Aquestes accions, realitzades per dos performers, són capturades per una càmera, transformades mitjançant efectes de vídeo en temps real i projectades en gran en les parets de l'espai escènic. En Artefacte, l'habitual separació entre escenari i pati de butaques desapareix per a donar lloc a un espai híbrid, a mig camí entre la instal·lació artística i el chill out, en el qual se situen els performers, l'equip tècnic i els espectadors. Aquests, estirats al terra o asseguts sobre cadires i coixins, contemplen les accions que duen a terme els performers i, alhora, la projecció augmentada d’aquestes accions en les parets de l'espai. D'aquesta manera, són partícips d'una doble narrativitat: la de les accions escèniques i la de la transcripció fílmica de les mateixes, que les transforma plàsticament; dos plans dramatúrgics que es superposen per a articular una performance esteticista, de contundent contingut conceptual i intensa càrrega poètica.
sábado, 22 de mayo de 2010
Sensaciones literarias #2 bis
miércoles, 5 de mayo de 2010
Sensaciones literarias #2
Enigma, de Antoni Casas Ros y Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas.
Leí Enigma, también, de un tirón. Me emocioné leyendo cómo se forjaban y trenzaban las aventuras de sus cuatro protagonistas. Degusté la prosa sensible, delicada y precisa del autor. Leyendo la novela mi cabeza hervía imaginando alternativas a la historia narrada, que es uno de mis hobbies mientras leo. Y me venían ganas, a mi vez, de ponerme a escribir. La lectura me daba alas para sentarme delante del ordenador (es el único modo de escribir que conozco), escribir la primera palabra y dejarme llevar por el flujo. Podría ponerle algún pero a la novela, como que en algunos pasajes el tono empleado por los personajes en los diálogos es demasiado fútil y trivial en oposición al modo en que los mismos personajes piensan, de una manera mucho más elaborada, rica y llena de matices. Pero serían apreciaciones menores, porque la impresión general que me quedó tras leer la novela fue muy positiva (bueno, el final tampoco me acaba de convencer, yo lo reescribiría o arrancaría la última página...). De todos modos acabé con una sonrisa en los labios y una respiración profunda, que es como suelo terminar las novelas que me gustan y con las que me siento cómodo.
Y la lectura de Enigma me llevó a la de Bartleby y compañía. Y aquí la cosa cambió. Para mí, leer a Vila-Matas es un suplicio. En general, mientras recorro sus páginas me invade una terrible sensación de angustia y siento una asfixiante opresión en el pecho que me lleva a respirar de modo irregular y entrecortado, hipoventilándome y aumentando así mi pánico. Cuando leo a Vila-Matas siento un lamentable complejo de inferioridad y llego a la conclusión de que mis esfuerzos por escribir no tienen sentido. Leo sus páginas como si escondieran la verdad sobre el hecho de escribir y en cada frase tengo la impresión de que se encuentra una revelación abrumadora. Y aún así, o precisamente por eso, no puedo dejar de leerlo. No consigo recordar las tramas de sus novelas ni diferenciar sus protagonistas. De hecho, tengo la sensación de que crear personajes le molesta, lo cual me lleva a menudo a pensar que por qué no los abandona definitivamente y así todos podemos creer que todos sus narradores son él mismo y quitarnos la preocupación de tener que imaginar o descifrar a un nuevo protagonista, que total no aporta nada a sus novelas. Yo preferiría que todos sus protagonistas se llamaran Enrique y fuesen escritores residentes en Barcelona. El caso es que me fascina su modo de escribir y construir las novelas. Me fascina hasta el punto de paralizarme.