Hace dos entradas hice trampa. Dije que había leído Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas. Digo que hice trampa porque lo cierto es que cuando escribí el post me quedaban unas treinta páginas para terminar la novela. Lo que ocurre es que me apetecía escribir lo que me estaba pasando y pensé que no había ningún mal en adelantarme un poco a la realidad. Porque estaba convencido de que las treinta páginas que faltaban no iban a alterar lo que andaba sintiendo en aquellos momentos. Y sin embargo, lo cierto es que la lectura de aquellas treinta páginas sí cambiaron algo. No creo que fuese el contenido de la novela ni su estilo, lo que me hizo cambiar. Creo que fue simplemente que mientras leía seguí pensando y mis sensaciones dieron un paso más. El otro día comenté que la lectura de Vila-Matas me abrumaba y despertaba en mí una vergonzosa sensación de inferioridad como escritor. Treinta páginas y un mes más tarde, me doy cuenta de que eso no es lo más grave. Me doy cuenta de que la lectura de Vila-Matas me abruma como lector, lo cual es infinitamente peor. Nunca llegaré a leer tanto ni tan bien como él, pienso. Y luego me doy cuenta de que nunca llegaré a leer todo lo que querría leer y mucho menos a leer todo aquello que aún ignoro que quiero leer. Y por tanto entiendo que mi visión de la literatura (y así, de la vida), será siempre parcial, incompleta, sesgada, coja. como lo es ahora Lo cual me lleva inevitablemente a considerar con seriedad y desesperación que tal vez leer sea inútil, dado que la batalla está perdida de antemano. O algo así. Voy a dejar de leer.
sábado, 22 de mayo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario