miércoles, 26 de mayo de 2010

Sensaciones literarias #3

Mi buen amigo Pau Castejón me regaló Dos crímenes las pasadas Navidades, cuando él y Mai vinieron a pasar unos días a Varna. Él me había hablado de Ibargüengoitia con anterioridad y yo me había comprado y leído Las muertas el año pasado. Las muertas me gustó, aunque no puedo decir que me pareciese una gran novela. Sin embargo Dos crímenes me enganchó desde la primera página. La vertiginosidad de su acción y la pulcritud directa y socarrona de la escritura de Ibargüengoitia me fascinaron y, como siempre, los mexicanismos me hacían estrujarme la imaginación para intentar construir en mi mente un mundo imposible de imaginar si no se tienen los referentes (el jorongo de Santa Marta, la huizachera, el candil de prismas, el agua zafia…). Cuando mi amigo Pau me ragaló el libro, me dijo que me estaba regalando su ejemplar, comprado en una librería de viejo del DF, porque en Barcelona no había encontrado ninguna edición. Yo le agradecí el gesto llevándolos, a él y a Mai, a esquiar, a comer salchichas y a la sauna. Giulia no vino porque, siendo la única alpina de pura cepa que completaba el cuarteto de aquel encuentro, no le gusta esquiar, ni las salchichas ni la sauna. Pero me estoy desviando. Lo que quería contar es que ayer estaba en la séptima sesión de rehabilitación para recuperarme de las molestias que tengo en mi hombro izquierdo desde el porrazo que me di hace unas semanas (y del que ya di cuenta en el primer post de este blog…). El fisoterapeuta me había aplicado unos electrodos en el hombro y me había dejado solo un rato mientras las descargas eléctricas convulsionaban espasmódicamente mi precaria musculatura con la esperanza de aliviar el dolor y mejorar la recuperación de los ligamentos. Así, tumbado panza arriba en la camilla y con el torso desnudo, saqué el libro del bolsillo de mi chaqueta y me puse a leer con la novela por encima de mi pecho. Estaba leyendo justo en ese momento los anhelos de Marcos por escaparse con la Chamuca a la Playa de la Media Luna cuando sentí un cosquilleo en el pecho. Al principio no entendí qué era, pero cuando el cosquilleo persistió levanté mi cabeza, miré en dirección al cosquilleo y descubrí alucinado que, del libro, estaba cayendo arena de playa. Sacudí ligeramente el libro para prolongar la sensación. Entonces, lo primero que hice fue sonreír. Lo segundo fue pensar, muy lúcido pero poco lucido (perdón, no lo he podido resistir), que seguramente Pau habría leído el libro en alguna playa y que un poco de arena se había colado entre sus páginas y ahora, en aquella posición poco ortodoxa, la arena resbalaba y me hacía cosquillas. Luego recordé que el libro había sido comprado en una librería de viejo del DF y fabulé que tal vez un propietario anterior del libro lo habría leído en alguna playa pacífica y a través de Pau la arena de esa playa mexicana habría llegado hasta mí. Pero al final decidí que no, que nada de todo eso. Al final pensé que Ibargüengoitia era un genio y que había conseguido colar en su relato, con su escritura, algunos granos de arena de la Playa de la Media Luna para mí.

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