Enigma, de Antoni Casas Ros y Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas.
Leí Enigma, también, de un tirón. Me emocioné leyendo cómo se forjaban y trenzaban las aventuras de sus cuatro protagonistas. Degusté la prosa sensible, delicada y precisa del autor. Leyendo la novela mi cabeza hervía imaginando alternativas a la historia narrada, que es uno de mis hobbies mientras leo. Y me venían ganas, a mi vez, de ponerme a escribir. La lectura me daba alas para sentarme delante del ordenador (es el único modo de escribir que conozco), escribir la primera palabra y dejarme llevar por el flujo. Podría ponerle algún pero a la novela, como que en algunos pasajes el tono empleado por los personajes en los diálogos es demasiado fútil y trivial en oposición al modo en que los mismos personajes piensan, de una manera mucho más elaborada, rica y llena de matices. Pero serían apreciaciones menores, porque la impresión general que me quedó tras leer la novela fue muy positiva (bueno, el final tampoco me acaba de convencer, yo lo reescribiría o arrancaría la última página...). De todos modos acabé con una sonrisa en los labios y una respiración profunda, que es como suelo terminar las novelas que me gustan y con las que me siento cómodo.
Y la lectura de Enigma me llevó a la de Bartleby y compañía. Y aquí la cosa cambió. Para mí, leer a Vila-Matas es un suplicio. En general, mientras recorro sus páginas me invade una terrible sensación de angustia y siento una asfixiante opresión en el pecho que me lleva a respirar de modo irregular y entrecortado, hipoventilándome y aumentando así mi pánico. Cuando leo a Vila-Matas siento un lamentable complejo de inferioridad y llego a la conclusión de que mis esfuerzos por escribir no tienen sentido. Leo sus páginas como si escondieran la verdad sobre el hecho de escribir y en cada frase tengo la impresión de que se encuentra una revelación abrumadora. Y aún así, o precisamente por eso, no puedo dejar de leerlo. No consigo recordar las tramas de sus novelas ni diferenciar sus protagonistas. De hecho, tengo la sensación de que crear personajes le molesta, lo cual me lleva a menudo a pensar que por qué no los abandona definitivamente y así todos podemos creer que todos sus narradores son él mismo y quitarnos la preocupación de tener que imaginar o descifrar a un nuevo protagonista, que total no aporta nada a sus novelas. Yo preferiría que todos sus protagonistas se llamaran Enrique y fuesen escritores residentes en Barcelona. El caso es que me fascina su modo de escribir y construir las novelas. Me fascina hasta el punto de paralizarme.
1 comentario:
A mi em passa igual amb vila-matas.
És una angoixa insana, terrible. Però fa temps que em vaig adonar que hi ha un remei: 1) no llegir-lo, i 2) llegir-lo abandonant tota idea que algun dia escriuràs.
Qualsevol dels dos camins garanteix la tranquil·litat.
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